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Utilizadas como fundamento documental, fueron las fotografías judiciales de Alphonse Bertillon, vistas de frente y de perfil de los criminales, actualmente rutinarias en las fichas policiales, además de las huellas dactilares como medio de identificación personal e intransferible. He utilizado este procedimiento de identificación con el fin de la no identificación. Al fotografiar el reverso de una cara, la identidad se diluye, ya no hay unos ojos en los que mirar, o un rostro con el que identificarse, solo una espalda, una forma de aislamiento, no hay comunicación, no hay información del sujeto o emisor y por lo tanto no hay receptor o escucha. Como las huellas dactilares, la forma de la oreja es única en cada persona así como su forma de escucha, supeditada siempre a experiencias personales, a un modo de entender y leer el entorno. La forma de escuchar habla de una identidad concreta y de un ser concreto que no tiene rostro, podríamos ser todos o ninguno. La presencia o, mejor dicho, la ausencia de la oreja hace alusión a la ausencia de la persona fotografiada, la ausencia de información y la de receptor. Se establece así un juego de espejos entre términos contradictorios.